Cómo saber que un vídeo va a ser viral (con ejemplos)

Guerrilla 2.0.

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No, no lo sabes y nunca lo sabrás. Nunca sabemos si cuando te hacemos un vídeo va a ser viral. Así que no, no puedes pedir “un viral” porque de eso dependen tantas cosas y tan volátiles que nadie te lo puede asegurar. Por lo que si viene un publicista vendiéndotelo como tal, yo no le creería porque es muy difícil asegurar. Pero sí que es cierto que casi todos tienen una serie de componentes que les hace contar con muchas más probabilidades de viralización por parte del público. En este post os cuento, primero, esas características mágicas que después de nuestra experiencia considero, para que después veamos una serie de ejemplos prácticos de creación propia del equipo para que podamos analizar. (Si queréis comentar después y así nutrimos con vuestra experiencia un poco más el post).

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Obama advierte de que las redes sociales acabarán con la democracia

Guerrilla 2.0.

Lo que leeréis a continuación no es un capítulo de Black Mirror. Es la realidad. Después de esta advertencia de que vienen curvas, podemos comenzar.

Se llama edgerank y es el responsable de que, cuando abres tu Facebook, no veas lo mismo que tu compañero de al lado. Se llama pagerank y se encarga de lo mismo en google. Son algoritmos, y hacen lo propio en Instagram, Youtube, Netflix… su misión es, básicamente, que veas los contenidos que más te gustan. Servirte el contenido que quieres ver y cómo lo quieres ver. Suena muy bien, ¿verdad? Estas redes sociales buscan ofrecerte contenidos que te interesen para que las sigas usando. Te adulan con contenido. Por eso te sirven lo que quieres y cómo lo quieres. Para ello se guían de una tecnología que, según vas interactuando con las aplicaciones, aprenden lo que te gusta, cómo te gusta y de quién te gusta. Tus comentarios, tus likes, tus elecciones les guían en ello. El marketing dicen que el contenido es el rey. Pues tu, usuario, eres el Dios supremo. Esto no tendría que suponer mayor problema que una experiencia virtual totalmente adictiva y enriquecedora. ¿Verdad? Pues no. Cambia la realidad y altera el orden geopolítico mundial. Y no lo digo yo, lo dice el 44º Presidente de Estados Unidos, que por cierto, cuenta con Mark Zuckerberg entre su variado elenco de notables amigos. Argumento de autoridad mediante, sigo…

obamaz

Netflix sabe que me gusta la política, los documentales y Barack Obama. Yo no se lo dije, le bastó ponerme un pixel asociado a mi usuario y juntar los datos de mi navegación en web con mis visualizaciones de contenido. Clava siempre sus recomendaciones. El sábado lo volvió a hacer. En primera plana apareció un nuevo serial “No necesitan presentación, con David Letterman”, veterano presentador del late night estadounidense fichado por Netflix después de ser invitado a abandonar su plató en la CBS. Su primer invitado tampoco necesitaba presentación: Barack Obama. Un Barack sin corbata y que lucía mucho más descansado. Un Barack al que Letterman se seguía dirigiendo como Presidente, tomando a Trump como algo dolorosamente accidental. Y allí estaba Netflix ofreciéndomelo. Sabedor de que daría al play sin rechistar. Entonces Obama comenzó a hablar de otro de mis temas fetiche: las redes sociales. Creedme cuando os digo que las conoce muy muy bien. Recordad que fue al primer Presidente al que llevaron al poder. El problema es que también llevaron al poder a Trump. ¿Por qué?

 

El desarrollo de las redes sociales y los algoritmos que antes os explicaba tiene la culpa. La lucha porque entre toda la oferta existente elijamos un determinado contenido hace que dejemos de compartir universos, escenarios y parámetros de comportamiento comunes. La consecuencia de que durante todo el día te sirvan contenidos y noticias que sólo reafirman tu manera de ver el mundo es que te radicalices en tus posturas. Que reafirmes tus prejuicios. Si además, a todo esto le sumamos un universo mediático en el que CUALQUIERA puede publicar y propagar una información (luego ya se verá si es verdad o no) tenemos la mezcla perfecta para que el populismo y la propaganda puedan germinar. Ya decía Goebbles que para que un mensaje propagandístico funcionara tenía que apelar a las emociones, ser sorpresivo y muy fácil de recodar. Y sobre todo de transmitir. Y ahora os pregunto yo, ¿cómo es un viral?

 

La mala noticia es que, todo esto, va a más. La microsegmentación, ese fenómeno del marketing que con el big data de por medio busca dar a cada uno lo que quiere, tal y como lo quiere, desune la sociedad y pisotea los referentes comunes. Rompe el status quo. Y cuidado, que nuestra querida y maltratada democracia está dentro de ese status.

 

Hasta aquí el capítulo de Black Mirror de hoy. Espero que el algoritmo de vuestras redes sociales os haya recomendado este artículo.

Que punto y final

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No es no y punto.

Que tú vales mucho más, acuérdate.

Que él no te tiene por qué coger el móvil.

Que él no tiene que elegir tu ropa.

Que él no te tiene que decir “quién es ese que te escribe”.

Que él no se tiene que enfadar porque estés en línea y no con él.

Que él no tiene que chillarte.

Que él no tiene que insultarte.

Que él no te tiene que asustar.

Que él no tiene que borrar tu brillo para así él brillar.

Que otra vida es posible.

Que cojas esa puerta.

Que tú te vas.

 

Que no,

Que no te quiere.

Que lo asumas.

Que sé que duele.

Que está loco. Claro.

Que no es que esté loco por ti.

Que es que está loco y ya está.

Que no, que no va a cambiar.

Que tú no tienes la culpa.

Que te vayas.

Que te vayas ya.

 

Con lo que tú has sido.

Con lo que a ti te han querido.

Con lo que te quieren.

Por todos los que te quieren.

Sí ya lo sé…

Él te ha hecho pensar que estás sola.

Pero no es verdad.

Salta.

Vuela.

Ya.

 

Va a ser muy difícil, claro.

La felicidad no es ese cuento que nos contaron.

Pero vale la pena, créeme.

Tú vete, déjale.

Tú dile que te vas.

Tú dile que no vuelves.

Tú dile que ya está.

Tú dile que no.

Tú dile que no, es no.

Y punto.

Que punto y final.

Sonríe hasta el final

Guerrilla 2.0.

De vez en cuando, me gusta contar este blog pequeñas cosas que voy aprendiendo y desaprendiendo por allí. Y que dejo escritas aquí, por si a alguien, algún día, pudiera ayudar. Hoy os vengo a hablar de algo tan tonto como sonreír.  Del poder de la sonrisa. De tu sonrisa. Y de cómo no debes dejar a nadie que la dibuje y desdibuje a discreción. Aquí va, si me permites, la primera lección.

Imagínate al levantarte cada día. Al menos yo, me levanto con la fuerza de un ciclón. Desayunas, te vistes y mientras lo haces, decides que ese día te ha dado por sonreír. Así, aunque moleste, aunque haya días que no puedas. Metes los problemas en el cajón, bastante tienes tú… Te dices. Y los guardas, aunque chillen, ahí se quedan. Hoy no se vienen contigo. Tú, en plan valiente… Te armas de valor, y ¡loca!… ¡sonríes!

En los tiempos que corren créeme que una sonrisa de corazón puede ser un acto revolucionario.

Y ahí decides instalarla, en tu cara. Y además decides regalarla por ahí. Como si no costara, como si no te costara. Si ellos supieran… Pero tú sonríes, sigues sonriendo. – Qué idiota, ¡de qué se reirá tanto!– muchos pensarán. Te ríes de idioteces, haces chanzas. Sabes que una vez, tu sonrisa, fue un pilar para alguien. Y eso ya vale. Y eso ya te vale. Risa. Buen rollo. Que es que cuando te pones en plan rebelde, no tienes precio.

Hasta que al final pasa. Te encuentras con ese alguien. Alguien con la fuerza suficiente para derruir tus ganas de sonreír como quien sopla una montaña de naipes. ¿Lo conoces? Lección dos: Nunca se te ocurra otorgarle esa fuerza a nadie.

Tu vida se llenará de momentos guiados por ese tipo de persona. La que gana tu pequeña gran revolución diaria. La que te hará pensar que es verdad, que para qué tanta sonrisa, que menud@ idiota estás hecho/a. Que ya esta bien de sonreír, que no hay motivos, que vale ya.

Pero no desistas.  Tú sonríe. Tú no dejes de sonreír. Aléjate de todo el mundo que quiera borrarte la sonrisa. A ver si te vas a creer que eso de hacer la revolución es fácil. Pero tú aguanta, no dejes de sonreír. Regala tu sonrisa de corazón a aquel que verdaderamente pueda ser merecedor de ella. Y al que no, pasa. Sin más. No hay peor guerra que la que no se puede, ni se quiere, ganar. No vayas de mártir de sonrisas, que tampoco es plan.

Y sé pragmátic@: Utiliza tu sonrisa de faro. Que sepas que hace brillar. Es como un código, ¿sabes? Atrae hacia ti a la gente que también esta llevando su propia revolución particular sonrisa en alto. Brilla, no dejes de brillar que te está buscando. Y algún día te encontrará. Vale la pena, ¿eh? Conseguir que la sonrisa con la que te acuestes sea incluso mejor que la que te levantes está en juego. Hablan del Santo Grial… desconocen lo que es capaz de conseguir alguien, que ha conseguido para sí la verdadera felicidad.  Así que tú aguanta, lucha, sonríe. Faro. Atrae. Brilla. Todo llega.

Tú, que has decidido sonreír, sonríe. Que no te tumben. Que nada te tumbe.

Que nadie te tumbe. Lo intentarán.

Pero tú, ya sabes…

Tú, que has decidido sonreír.

Sonríe.

Sonríe. Hasta el final.

De cómo los independentistas y Podemos te están intentando manipular

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Hasta aquí hemos llegado, señores. Que no, que vale ya, que no nos la dan. Están intentando jugar con nosotros y de verdad, al ver cierta parte de la población española no catalana (que hasta hace unos días no se había dado cuenta que era nacionalista), como se abriga con la estelada, se les está dando fenomenal. Os resumo rápidamente la intención de este post por si queréis continuar: contaros cómo Podemos y los nacionalistas nos están intentando manipular con una teoría de la comunicación que lleva más de 50 años en vigor: El framing, los famosos marcos. Y que sepáis que, si en alguno de estos días habéis dicho aquello de “derecho a decidir” o “no es un referéndum… es una cuestión de democracia”, pues enhorabuena porque os los habéis tragado toditos. Te han manipulado, campeón. La teoría sigue funcionando más de 50 años después. Y te prometo que al final del post te cuento la receta de cómo curarla. Vamos:

Brexit: carta de desamor de dos enamorados

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Ya no hay vuelta atrás, déjalo.

Ahora viene lo peor. Acordar qué es tuyo y qué es mío.

Resolver la cuenta de haberes y deberes.

No por mí… sabes que me da igual.

Pero es que los que se quedan me lo piden.

Tú dices que diste, ellos que dieron…

Lo que discutíamos siempre, nada nuevo

Qué te voy a contar.

 

Trata bien los resquicios míos que te quedarán por ahí,

que yo haré lo mismo con los tuyos.

No me guardes rencor, no nos guardemos…

Tanto tiempo juntos, tantas historias en común…

Lo normal es que llegue el día en que nos acabemos viendo…

Tan lejos y tan cerca, vecinos de lo ajeno.

 

También te aconsejo que tengas cuidado,

ahora llegarán los que te vendrán a hablar mal de mí

y de todo lo que vivimos juntos.

Intentarán que te vayas a su lado,

que conformes su alianza.

Que acabes convirtiendo en odio

lo que en verano empezó siendo un “adiós, bueno… ya hablaremos”.

 

Y bueno… de lo que también tenemos que hablar

es de los tuyos que me quedan por aquí

y de los míos que te dejo yo allá.

No me los vayas a cuidar mal, ¿no?

Ellos no tienen la culpa de que al final

no supiésemos hacer algo tan básico como sentarnos a negociar.

Bajemos las fronteras aunque sea por ellos,

por ellos, ya está.

 

Y bueno que hasta aquí,

que esto se acaba ya.

Lleguemos antes de colgar a un acuerdo de mínimos,

algo tonto pero sentimental,

como que yo siga tomando a los Beatles como mío

y en cambio te deje que en Anfield siga sonando los acordes de la Champion.

Tonterías por si a ti y a mí algún día nos da por recodar…

 

Y nada, ya está

sellemos el adiós sin más.

Tú sigue tu camino, siendo la más grande de las bretañas que yo me quedaré aquí,

siendo el más antiguo de los continentes.

 

Cierra al salir y como diría la canción,

“olvídalo todo, que tú para eso….”

 

Firmado: la Unión.

Lo que pasa es que Pablo sí que pudo llegar al colegio

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Llevaba muchos días desvelándose las madrugadas con unas pesadillas que no le dejaban dormir. En ellas, su madre y ella eran perseguidas por unos hombres sin rostro que acababan dándoles caza y les llevaban a la mesa de un quirófano. Allí, se despertaba con el temor de que algo malo iba a ocurrir. Pero volvía a la realidad. A esa dulce realidad de cuando tienes 12 años y tu máxima preocupación es ir al cole. Esa dulce realidad que saltó por los aires la mañana de un 17 de octubre. No era su coche. Tampoco era su bomba. Pero sí era su vida y sus sueños los que volaron por los aires. A partir de esa mañana, a partir de ese click, de esa llave que hizo contacto y activó una bomba en vez del motor que le tenía que llevar a clase, todo cambió para siempre. Para empezar, su propia morfología, marcada a base de fuego y metralla con las cicatrices de la barbarie. Esa que mutilaba, e incluso mataba a niños, en nombre de no se qué tierra y le ponía el nombre de “daños colaterales”.

Irene Villa se recuperó. Volvió a sonreír, aprendió a caminar con sus dos nuevas piernas. Se enamoró, se casó, se dejó picar por el gusanillo del periodismo y tuvo dos hijos. La vida, ETA, le echó un pulso e Irene lo ganó. Su sonrisa imborrable es hoy buen testigo de ello. Una sonrisa a prueba de bombas, y nunca mejor dicho. Una sonrisa tan férrea que ni siquiera merma cuando escucha como algunos (ponga usted aquí el adjetivo que quiera) utilizan el que fue el peor día de su existencia para hacer la gracia. Humor negro lo llaman.

Y entonces ahora va Pablo. El de siempre. El que nos intenta tocar la fibra de lo sensible y de lo que estamos dispuestos a aguantar a base de proposiciones en el Congreso. Y dice que la libertad de expresión se está sintiendo constreñida por el delito de enaltecimiento del terrorismo. Que hay que suprimir este delito del Código Penal. Que muchas veces son chistes negros y nada más. Que cómo somos. Que qué más da.

Se llama respeto, Pablo. Si tu humanidad no te alcanza, al menos piensa que ese 17 de octubre tú sí que pudiste llegar al colegio.

Promete que no les dejarás

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Oye, tú no les vayas a dejar, ¿eh? Tú sigue saliendo de fiesta y entra en la discoteca que te dé la gana. Aunque se llame Bataclán. Y si quieres sentarte a tomar algo en una terraza, hazlo igual. Que no te preocupe dónde te sientes, dando la espalda a la acera, a la puerta, a ti que te dé igual… Lo mismo con el fútbol, si puedes ir al estadio ve. Y si tienes la suerte de tener una entrada para ver un duelo en la cumbre, o un simple amistoso como un Francia-Alemania en Saint Denis… tú ve también. Y salta y canta a rabiar. Tú disfruta como el que más. Que tampoco te echen atrás los miles de controles que tienes que pasar al subirte a un avión, es normal con lo que pasó en Bruselas, pero tu keep calm and carry on. Tú sigue tu camino, ve a trabajar, a la universidad, ¡a donde quieras! Sigue cogiendo esos trenes que pasan por Atocha. Y si te gusta ver las ciudades desde las alturas, súbete hasta lo más alto, en Manhattan te recomiendo el One World Trade Center. La torre más alta de Nueva York que se alzó al cielo, sin temor, sobre las ruinas de las Torres Gemelas. Y cuando estés arriba, respira hondo, break free. Respira por todos los que no les dejaron volver a respirar.

Vamos. Cuando venga el veranito, si te apetece andar y disfrutar de la noche por el paseo marítimo, que no haya nada ni nadie que te lo prohíba, aunque sea en Niza. Y que no se te olvide sonreír.  Si te vas a un resort a la playa, tú como siempre, te tumbas en tu tumbona y a leer o a tomarte un mojito con tranquilidad. De Túnez sólo acuérdate para pensar lo bonito que es, nada más. Y si eres político que nadie te haga tener miedo por defender tus ideas en el Parlamento, libremente, en democracia. Aunque sea en Londres.

En definitiva, tú no les dejes. Que su terror no te dé miedo. Eso es lo que buscan. Que pueda contigo. No hay mejor manera de atacar al mundo libre que haciendo que tengas miedo a usar tu libertad. Promete que no les dejarás. Si no, cumplirán su objetivo. Si ven que tenemos miedo, harán muchos más.

Tú, ponte

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Tú ponte que un sábado cualquiera, vas con tu novio y con una pareja de amigos a un bar. Tú ponte que os lo estáis pasando bien, que os estáis tomando unas copas y que tu novio decide ir al baño. Tú ponte que alguien le para, que le pregunta si es un “madero”. Tú ponte que sí que lo es, y que por eso contesta “sí, pero estoy en mi tiempo libre”. Tú ponte que ese alguien le grita “pues menos tiempo libre”, y se va. Tú ponte que desde ese momento sientes como si todo el bar te empezara a señalar y a mirar.

Tú ponte que sólo queréis tener la fiesta en paz. Tú ponte que por eso hacéis como si no pasara nada cuando os tiran el primer vaso, total, no os ha dado, lo dejáis pasar. Tú ponte que un rato después va un grupito directamente a por vosotros y os preguntan que qué hacéis allí. Tú ponte que el amigo de tu novio, que también es “madero” les dice que no estáis haciendo nada, que os dejen en paz. Tú ponte que no os hacen caso, y que el cabecilla de la pandilla empieza a gritar quiénes sois y anima a todo el bar a que os insulten y a que os echen. Tú ponte que empiezas a escuchar “os vamos a matar por ser guardia civiles”. Y ponte que intentas hablar con una de las chicas del grupo para pedirle tranquilidad. Ponte que ella te contesta “eso os pasa por venir aquí, tenéis lo que os merecéis”, y parece que la incendias aún más. Tú ponte que ya os rodean un grupo de 25 personas y que sólo oyes “Esto os pasa por venir aquí, iros de aquí, hijos de puta pikoletos, os tenemos que matar por ser guardias civiles, cabrones txakurras”. Y tú ponte que a partir de ahí os empiezan a pegar. Ponte que arman un “paseíllo” para que salgáis de el bar, y que os caen todo tipo de patadas y puñetazos. Tú ponte que a la salida os esperan 20 personas más para seguir con la paliza. Y ponte que hay muchos grabando con su móvil, pero nadie capaz de utilizarlo para llamar a la policía. Tú ponte que al final es tu novio, desde el suelo y echando sangre por la boca, el que tiene que llamar…

Tú ponte que después de unos meses, Pablo Iglesias invita a los familiares de tus agresores a hacerles un recibimiento en el Congreso. Tú ponte que el Congreso es el lugar donde se tendría que velar por tus derechos, por tu integridad y por tu libertad. Tú ponte que incluso los diputados de Podemos firman un manifiesto de solidaridad con los agresores.

Tú, ponte.

Si mi abuelo Meco hubiera estado en el Comisionado de Memoria Histórica

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Me imagino que serían cosas de niños, yo que sé… Pero hubo una época, cuando mi primo Fernando y yo no contábamos más de 8 años, que no dejábamos de preguntar a mi abuelo por la Guerra Civil. Entonces Emérico,  más conocido como “Meco”, ese chaval que con 18 años se vino de Segovia a Madrid y allí le “pilló la guerra”, como decía él, intentaba pasar del tema o directamente mandar callar a esos niños que parecían preguntar muchísimo más de  lo que él quería contar. Y es que nosotros no sabíamos de esa regla-condición que Meco había impuesto en su casa antes de que  naciésemos “aquí de política no se habla”. Y nadie se la discutió hasta que mi tía decidió ir a la Universidad y así “la estudianta” parecía hablar mucho más que lo que el bueno de Meco quería escuchar. Pero nosotros seguíamos dale que dale, no pillábamos la indirecta. Hasta que un día le dijimos… “bueno, si no nos cuentas nada dinos al menos quién gano, ¿ganaron los buenos?” Y debe ser que la duda le tocó la fibra porque hizo una prórroga en su silencio “en una guerra todos son malos”. Y no volvió a hablar del tema jamás.

Años después, mi madre, su hija, me contó el verdadero significado de la historia, y el porqué del mutismo de mi abuelo. Como os comentaba antes, él, con 18 años puso sus sueños en Madrid, un Madrid que al tiempo de recibirle se sumió en fuego y bombas. Meco no quería saber nada de política, él sólo quería tener una vida mejor que la que tenía en el pueblo. Por lo que pasó los primeros años de la guerra ayudando a su hermano en una tienda de ultramarinos. Una mañana un obús cayó del cielo y asoló el comercio. Mi abuelo estaba a escasos metros de su hermano. Meco salió ileso, su hermano muerto.

Estuvo en el bando de los del “no pasarán”, luego se cambió a los que pasaron. Volvió a su pueblecito de Segovia para después traer a una familia de siete hijos a Madrid, y dicen que vivió enormemente feliz en la España de Franco. Mi abuelo no quería hablar de política, tampoco que ninguno hablásemos de ella y menos aún que nos metiéramos en esos asuntos, de ser políticos ya ni hablamos. Nos hizo creer que borró de su mente todo recuerdo de esa España cainita, y si insistías no le sacabas más que eso, que en una guerra, todos eran malos. Y lo decía él que levantó puño y después brazo. Y simplemente le pidió a España vivir en paz. Él, que sí vivió la guerra, nunca nos dijo nada bueno de unos, ni malo de otros. Simplemente no dijo nada. Y así consiguió que nosotros, sus nietos, viviéramos sin odio, con el único convencimiento de que todos los que matan son malos. Y también que en este país ya se había matado lo suficiente. A mí me gustaba llamarlo el espíritu de la transición. Dice mi madre que para él era, simplemente, era vivir en paz. Tan sencillo como eso.

Os cuento esto porque me acaba de llegar al mail la revisión que el Ayuntamiento de Madrid va a realizar sobre el callejero madrileño. Después de que sus calles hayan sido sometidas al “comisionado de memoria histórica”, han decidido cambiar las placas dedicadas a personas que combatieron en un bando, por otras que combatieron en otro. Las explicaciones que dan es que unos eran malos malísimos, y los otros eran buenos porque, haciendo lo mismo, tuvieron peor suerte.

 

Ojalá que Meco hubiera podido vivir lo suficiente para contarle un par de cosas a ese comisionado. Lo de que yo salí política mejor no se lo contamos…