Survivors

No sé por qué, pero creo que con el paso de los años he perdido la facultad de desnudar mi alma ante un papel. Igual porque no encuentro la inspiración día tras día, o quizá tan solo porque la sensibilidad de la que antes era dueña está tan bien escondida en algún rincón, que puede que ya nunca consiga dar con ella.

¿Valentía o cobardía? ¿Renegar de sentimientos o ni siquiera albergarlos? Sea lo que sea no pinta demasiado bien. Sinceramente creo que la gente de mi calaña somos “survivors” empedernidos. Gente que en un pasado lo dio todo por la vida, y se expuso a ella sin ningún tipo de reparo ni remordimiento. Quiso sentir, reir, e incluso llorar. En definitiva, quiso vivir. Sin corazas y a corazón abierto. Sin preocuparse mucho por qué decir o cómo hacerlo, y creyendo, craso error, que el resto del mundo bailaba con los mismos pies. Como no podría ser de otra forma, los golpes no tardaron en llegar. Unos dolieron, la mayoría, pero nos hicieron fuertes. Quizá demasiado.

Estos survivors empedernidos me recuerdan, o recordamos, a los chavales de ese barrio de Brooklyn en el que durante un verano también hice algo por ir construyendo esta personalidad superviviente. Estos chicos vivían en un barrio en el que la sensibilidad es debilidad, y en el que quien es débil lo paga caro. Desde pequeños han de aprender cómo han de andar y con quién, cómo actuar para no meterse en líos, o cómo liarla para ser respetado en el barrio. Puede que no tuviesen una carrera y que nunca sean capaces de ver como una de las prestiogiosas universidades de la Ivy League les abre sus puertas, pero han tenido la inteligencia suficiente para sobrevivir en un mundo de fieras. Ni un MBA te asegura eso.

Respecto a nosotros, hemos aprendido las normas de una sociedad hedonista y superficial, muy poco acostumbrada a sufrir. Una sociedad que premia más la picardía que la bondad. En la que quien es bueno quizá, lo acaba pagando demasiado caro. Después de unos cuantos tortazos, como si de los perros de Pávlov se tratará, te das cuenta que ese no es el camino y que, o cambias, o los carroñeros acaban contigo en esta jungla.  Y antes de que te coman, te vuelves carroñero. Incluso llega un momento, como hoy, en el que piensas si los principios y valores que antes te conformaban se han guardado en algún cajón de tu inconsciente, y si permanecerán en el recuerdo para, llegado el día, volver a usuarlos como si nada. Nadie lo sabe. También los survivors tenemos miedo.


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  1. Pilar says:

    Los golpes te hacen fuerte,tanto como para no volver a caer en el error. He aprendido a hacer el bien a la gente que tengo a mi alrededor y a conseguir su felicidad. Lo malo es que también aprendes a hacer el mal a quien quiera romper tu paz y distorsionar tu ideal de vida.

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