Lo que el dinero sí pudo comprar

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Érase una vez un mundo donde palabras como valores, integridad, responsabilidad o compromiso fueron condenadas al anecdotario. Donde las leyes de la selva se impusieron en los mercados, donde la única regla tristemente vigente era aquella que alertaba de que sólo el más listo sobrevive. Érase una vez un mundo en el que la gente vivía gratamente ilusionada, en el que tanto obreros, como clase media o la más alta alcurnia gastaban y gastaban y gastaban alegremente. Érase una vez un mundo tremendamente feliz. Un mundo que vivía un presente opulento y soñaba con un futuro aún  mejor. Érase una vez un mundo que se despertó del sueño. Bienvenidos al nuevo mundo del siglo XXI, perdón por la brusquedad del despertar pero es el momento de tomar asiento.

Pues así fue. La verdad que en vez de despertarnos con palabras de mimo nos tiraron un jarro de agua fría a la cabeza, y aún con el desconcierto del desconsiderado despertar, empezamos a ver como se sucedían acontecimientos que ninguno llegábamos muy bien a entender con claridad. Nos despertamos un 15 de Septiembre de 2008, con la quiebra de Lehman Brothers y el mayor terremoto financiero vivido en las calles del Bajo Manhattan, allí donde los magnates juegan a ser los dueños del mundo acciones mediante.

Después, en el vocabulario colectivo se empezaron a abrir paso nuevas palabras como los Ninja (no income, no job, no assets), los bonos basura, burbujas y la más temida de todas… La prima de riesgo. Mientras que algunos gobiernos intentaban eludir la crueldad de la situación jugueteando con los recovecos semánticos “estamos claramente menos bien” o “esto no es una crisis, es una desaceleración ecómica” (gracias ZP por enseñarnos de esta forma la grandeza del idioma de Cervantes). Empezamos a conocer a los malos del cuento: Moody’s, Fitch, Standard & Poors… y sus temidas armas: AAA, AA, A, BBB, BB, B y C (y a casa). Mientras tanto, en los telediarios  comenzamos a cambiar las noticias propias de la vida feliz y despreocupada por una retahíla deprimente articulada en base a las palabras “intervención”, “rescate” y otra vez, “prima de riesgo”. Como decían en Twitter por la época… “nunca debimos dejar a Riesgo que nos presentara a su prima…”, y quizá tampoco hicimos bien en tomárnosla a chiste.

El sistema,  nuestro bienestar, se resquebrajó. Y con él las ilusiones, las esperanzas y los deseos de quién sabe si más de una generación. Los expertos, para explicarlo, nos intentaron mostrar los peligros que tiene pasar de una “economía de mercado” a una “sociedad de mercado” o, lo que es lo mismo, una sociedad en la que las reglas las pone un mercado al que no controla nadie, pero  que controla a todo el mundo. Capaz de derribar países, capaz de poner en tela de juicio las libertades, capaz de robar de derechos, capaz de dilapidar expectaciones de futuro y sueños.

Qué poco les costará hoy a nuestros escolares estudiar lo que fue el crack del 29, y cómo nos sentiremos nosotros dentro de unos años cuando les contemos a nuestros hijos lo que fue el crack del 2008. El 29 derivó en una Guerra Mundial, en el 2008, en el contexto de una sociedad de mercado, las guerras mundiales se libran cada día en los parqués bursátiles. Allí se derriban países y gobiernos, no hacen falta tanques, bombas ni ametralladoras… la soga de la deuda y el acceso al crédito es mucho más efectiva y dolorosa, enciendan sus televisiones y compruébenlo.

Quizá ,cuando nos sentemos con nuestros niños y empecemos a contarles qué fue de nuestro “crack”, deberemos empezar con algo así como… “pues verás hijo, hay cosas que , simplemente, el dinero no debe comprar”.

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  1. manuel says:

    Como te dije por facebook muy buen articulo sonia, solo aclarar que los unicos malos del cuento no son las agencias de rating, que tambien llevan su parte de culpa al dar la triple A a las titulizaciones hipotecarias (CDOs) pero aunque si exageran un poco el asunto no estan muy alejadas de la realidad esas calificaciones que estan dando ahora.

    Por otro lado, el 4º parrafo es sencilamente exquisito 🙂

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