De cómo los ismos se arreglan viajando

Una vez escuché por ahí que el nacionalismo se arregla viajando. Yo añado que el nacionalismo, y cualquier “ismo” que se precie. Viajando y hablando con la gente que viaja y llega a tus fronteras. Recuerdo un verano en Nueva York en el que fui a mejorar el inglés y me volví con algo más que un título en la maleta. Estudiábamos en una clase en la que había gente de todas partes del mundo, y tanto por las reglas propias de la escuela, como por esa regla no establecida de que si estás en un grupo intentes hablar en el idioma que más gente pueda conocer, hablábamos en inglés. Al final, hablábamos inglés todo el día, hasta fuera de la clase. Recuerdo una tarde conversando en inglés con un mexicano por la séptima avenida, hasta que me dijo, “oye para, que no hay gringo que me haga a mí hablar en inglés con una española”. Nos reímos y parece que en ese momento nos sentimos fuertes ante algo más de la supremacía lingüística de los gringos, recordando ese lazo común de la cultura que nos unía. Luego otro día entró un alumno nuevo a clase, y en un país en el que a la gente le cuesta situar España en un mapa a la primera, perdimos más de 30 minutos de lección ya que el chaval intentaba explicar que venía de un país debajo de los pirineos, entre Francia y España, pero que no era España. Los gringos flipaban. Nosotros no tanto.

Sino fuera por ese verano en Nueva York, siempre digo que sería neoliberal, pero después de ver el funcionamiento de la que puede que sea la ciudad más importante del mundo desde Brooklyn, decidí quedarme con el liberalismo a la europea, y estar muy orgullosa de ello. También por viajar a Catalunya, con N y con Y, y por hablar largo y tendido con mis amigos catalanes, hoy sé  que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Y que cada uno de nosotros tiene que poner un poco de nuestra parte para poder verlo.

Pero el viajar y dejar que otros viajen y encontrártelos en el camino, no sólo cura el nacionalismo, creo que cura, como os he dicho, todo los “ismos” que se pongan por delante. A mí no me gusta el turismo de hamaca y mojito, sino el de ponerte a andar por el país y hablar y dejar que te cuenten cómo es y cómo vive la gente. Y así, un año acabé en la Calle 8 de Miami, con unos cubanos en el exilio que me contaron que allí en Cuba ellos se creían que nuestro Rey, don Juan Carlos, era muy cool porque era motero y cuando quería se cogía la moto y se iba de palacio. Y en Cuba, a falta de otras historias diferentes a las del propagandismo cubano, imaginar era gratis  y según lo que imaginases no era pecado. Así que se montaban historietas de nuestro rey en motocicleta. Bueno, al menos se las montaban antes, cuando ellos estaban en Cuba, ahora como vivían en Miami ya nunca podrían volver, así que ya no sabían lo que pasaba.

Más tarde, este verano en México encontré a un cubano, y me contó la historia del pollito: En Cuba hay un día al año que rompe la monotonía, en el cual el régimen da a cada familia un pollito, pero no les da dinero ni racionamiento extra para poder alimentarlo. Entonces se tienen que quitar de su comida para que el pollito crezca y llegado el día que les dicta el régimen, sacrificarlo para comérselo y entonces celebrar junto a todo el país la fiesta del pollito.  Y más tarde conocí  a otro amigo, que también viajó a Cuba, y entonces me contó un montón de cosas más sobre los Castro que me gustaría que ni él, ni nadie, me hubiera contado porque eso significaría que no habría tenido que vivirlo.

Y así, con mi tendencia natural a la historieta, os podría contar como este y todos los ismos se cuidan viajando.

Ayer una de mis mejores amigas me dijo que “no quería tener nada que ver” conmigo por mi tendencia política. Que le daba asco y que ni siquiera se sentía de mi misma especie. Y ella ha viajado, y ha viajado mucho.

Me da miedo el campo del cultivo del odio. Y es que este va más allá de cualquier ismo. Se te taladra en el hipotálamo y no se cura ni viajando. 

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