Empieza por D: diálogo, desfachatez y dimisión

Escribo estas líneas a una hora escasa de que Mariano Rajoy y Albert Rivera rubriquen un acuerdo cargado de buenas intenciones, pero que todo apunta a que no será suficiente para desenredar la madeja de la sinrazón política y conseguir que casi un año después se forme gobierno en España. Buen intento ese de sentarse a negociar, buen intento ese de ceder, buen intento ese de dialogar. Pero parece que no bastó, no en esta España del “vuelva usted (a votar) mañana.

Los que nacimos varios años después de la aprobación de la Constitución del 78,  tuvimos que ser testigos de la Transición por los libros de historia, apuntando fechas, nombres y acuerdos so pena de que cayera en Selectividad. Y parece que nos sirvió para eso y poco más. Tampoco parece que les sirviera para mucho a aquellos que les pilló ya un poco más mayores, lo suficiente para ser conscientes de la envergadura del momento histórico, pero que pese a ello hoy deciden dejar a un lado los sillones del diálogo y optar por una silla de chiringuito a las orillas de la playa. “ Pedro Sánchez no descarta unas terceras vacaciones”… Irozinaba esta semana un meme cargado de tanta sorna como de cruda realidad.

Y así llega nuestra segunda D: la desfachatez. Decía antes que los que estudiamos la transición en versión Santillana (en libro de texto, subrayadita y con notas al pie de página), nos quedó claro que había sido el triunfo del diálogo y del consenso. Del “perder todos para que todos ganásemos” como escuché una vez. Y así llegó la democracia y las décadas más prosperas y en paz de la historia reciente de España. Así, hasta que llegaron los que, ajenos a esta herencia, cambiaron la D del diálogo por otra D, la de la desfachatez. Los que creyeron que el destino del país (también con D) era algo tan insignificante que ni siquiera tendría que suponer el interrumpir tu baño solar y atender una llamada de teléfono, mucho menos el dejar atrás tus vacaciones y venirte a Madrid a decidir qué solución damos a este país . “No, no y no. Y pásame la crema, que el sol de Agosto es mucho más traicionero que mi Comité Federal”.


Y así es como llegamos a la última D: dimisión. Decía también un meme que a tenor de lo visto los últimos años, muchos políticos españoles creían que “dimitir” es un nombre ruso. Debe de serlo. Sino no se comprende que tras el espectáculo de vergüenza ajena que está protagonizando el líder del Partido Socialista (más propio de una película de Berlanga que lo que cabría esperar de la agrupación política más longeva de nuestro país) asumiera su ineptitud y, tirando también de canción del verano, cogiera su bicicleta y abandonara Ferraz.
Podría así seguir con la ruta del chiringuito y ampliarla más, por toda España, por toda Europa, por todo el mundo, sky is the limit, Mr. Sánchez!. Y disfrutarlo como Dios manda, sin el peso de una responsabilidad no asumida en sus espaldas que seguramente le haga no acabar de digerir en condiciones el pescaito frito. Sin miles de cámara detrás que, a medio camino entre el Sálvame de turno y la actualidad nacional, dieran testigo de cómo se da mus al negociar mientras constatan que aquel que presumía de haber sido jugador de baloncesto ya perdió el sixpack. Y sí, sobre todo sin la mirada reprobatoria de una población, tan falta de buenas vacaciones como de soluciones, que le mirara así como diciendo… “oye majo, ¡vale ya!”

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