Lo que pasa es que Pablo sí que pudo llegar al colegio

Llevaba muchos días desvelándose las madrugadas con unas pesadillas que no le dejaban dormir. En ellas, su madre y ella eran perseguidas por unos hombres sin rostro que acababan dándoles caza y les llevaban a la mesa de un quirófano. Allí, se despertaba con el temor de que algo malo iba a ocurrir. Pero volvía a la realidad. A esa dulce realidad de cuando tienes 12 años y tu máxima preocupación es ir al cole. Esa dulce realidad que saltó por los aires la mañana de un 17 de octubre. No era su coche. Tampoco era su bomba. Pero sí era su vida y sus sueños los que volaron por los aires. A partir de esa mañana, a partir de ese click, de esa llave que hizo contacto y activó una bomba en vez del motor que le tenía que llevar a clase, todo cambió para siempre. Para empezar, su propia morfología, marcada a base de fuego y metralla con las cicatrices de la barbarie. Esa que mutilaba, e incluso mataba a niños, en nombre de no se qué tierra y le ponía el nombre de “daños colaterales”.

Irene Villa se recuperó. Volvió a sonreír, aprendió a caminar con sus dos nuevas piernas. Se enamoró, se casó, se dejó picar por el gusanillo del periodismo y tuvo dos hijos. La vida, ETA, le echó un pulso e Irene lo ganó. Su sonrisa imborrable es hoy buen testigo de ello. Una sonrisa a prueba de bombas, y nunca mejor dicho. Una sonrisa tan férrea que ni siquiera merma cuando escucha como algunos (ponga usted aquí el adjetivo que quiera) utilizan el que fue el peor día de su existencia para hacer la gracia. Humor negro lo llaman.

Y entonces ahora va Pablo. El de siempre. El que nos intenta tocar la fibra de lo sensible y de lo que estamos dispuestos a aguantar a base de proposiciones en el Congreso. Y dice que la libertad de expresión se está sintiendo constreñida por el delito de enaltecimiento del terrorismo. Que hay que suprimir este delito del Código Penal. Que muchas veces son chistes negros y nada más. Que cómo somos. Que qué más da.

Se llama respeto, Pablo. Si tu humanidad no te alcanza, al menos piensa que ese 17 de octubre tú sí que pudiste llegar al colegio.

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